Team JA, todo era risas hasta Mont Blanc: 

Hay montañas que no solo se ascienden. Hay montañas que se preparan durante meses y que ponen a prueba todo aquello que un alpinista ha construido mucho antes de colocar el primer pie sobre la nieve. El Mont Blanc fue una de ellas.

Detrás de esta expedición hubo mucho más que una simple aventura. Hubo meses de preparación física y técnica, interminables jornadas de entrenamiento, madrugones, planificación, prácticas con material, acumulación de desnivel, aclimataciones y una enorme ilusión compartida por un grupo de amigos unidos por la misma pasión por la montaña.

La expedición estuvo integrada por David el Rojo, Manuel, Javier y Francisco José «Paco», miembros del Centro Excursionista de Caudete (España), una entidad con una larga tradición en actividades de montaña, siendo Rubén Pla Requena el presidente de dicho centro. Junto a ellos participó Paola Jorgelina Ozán, presidenta de Outlier Sport, asociación deportiva con sede en Suiza dedicada a la promoción de los deportes de montaña, el entrenamiento y la organización de eventos deportivos internacionales. Dos entidades, dos países y un mismo objetivo: alcanzar el techo de Europa trabajando como un solo equipo.

El 5 de julio de 2026 el grupo llegó a Chamonix-Mont-Blanc, considerada la capital mundial del alpinismo. Los días previos sirvieron para realizar las últimas comprobaciones de material, practicar maniobras, revisar cada detalle del equipo y adaptarse al entorno de alta montaña. El 6 de julio llevaron a cabo el control de cordadas en la Aiguille du Midi, uno de los pasos imprescindibles antes de afrontar una ascensión de estas características.

La expedición se organizó en dos cordadas. La primera estaría formada por Paco, Javier y Manuel, quienes abrirían la ruta durante toda la ascensión. La segunda la integrarían Rubén, Paola y David. El objetivo no era el habitual itinerario dividido en dos jornadas, sino una variante mucho más exigente y reservada para montañeros con una excelente preparación: partir desde Nid d’Aigle y alcanzar directamente la cima del Mont Blanc en una sola jornada.

El reto suponía afrontar cerca de 17 kilómetros de recorrido alpino con más de 2.750 metros de desnivel positivo, atravesando nieve, hielo, glaciares, grietas, corredores de roca, pasos de trepada y zonas extremadamente expuestas, donde el riesgo de caída de piedras y los bruscos cambios meteorológicos forman parte del recorrido. No era una excursión. Era una auténtica maratón alpina en uno de los escenarios más exigentes de Europa.

El 8 de julio alcanzaron Nid d’Aigle, punto de inicio de la expedición. Tras una cena temprana, el plan consistía en descansar unas horas para comenzar la ascensión alrededor de la medianoche. Sin embargo, la montaña volvió a demostrar que siempre tiene la última palabra.

Las temperaturas excepcionalmente elevadas que afectaban al macizo del Mont Blanc estaban provocando continuos desprendimientos en el Couloir du Goûter, conocido mundialmente entre los alpinistas como «La Bolera», considerado uno de los pasos más peligrosos de toda la ruta normal. Para minimizar el riesgo, el equipo decidió adelantar varias horas la salida. Apenas tuvieron tiempo de descansar. A las nueve de la noche ya llevaban puestos los arneses, crampones, cascos y frontales cuando comenzaron a caminar bajo la oscuridad.

El silencio de la noche únicamente se rompía por el sonido metálico de los crampones sobre la roca, la respiración de los montañeros y el roce constante de las cuerdas. El ritmo fue intenso desde el primer momento y, tal como estaba previsto, en aproximadamente dos horas y media alcanzaron Tête Rousse. Allí terminaba el sendero relativamente cómodo y comenzaba el verdadero terreno alpino.

Frente a ellos aparecía el Couloir du Goûter. La Bolera. Un paso que impone respeto incluso a los alpinistas más experimentados. La oscuridad dificultaba encontrar la mejor trazada y el hielo cubría gran parte del recorrido. Cada metro exigía concentración absoluta.

En ese punto cada integrante tuvo que buscar la mejor opción para progresar. Rubén decidió cruzar por una zona inferior entre pedreras, expuesto a continuos desprendimientos. David encontró una variante superior que le permitió avanzar por una línea diferente. Paco y Manuel superaron el tramo técnico con solvencia, mientras Javier optó por otra trazada que terminó conduciéndolo a una placa de hielo muy comprometida.

Tras él ascendía Paola. Ambos fueron colaborando constantemente para avanzar, asegurándose mutuamente en cada paso. Javier consiguió superar el obstáculo, pero Paola quedó completamente bloqueada en un tramo extremadamente inestable. No podía avanzar ni retroceder. Fue necesario asegurarla con la cuerda y ayudarla desde arriba mientras continuaban cayendo piedras sobre el corredor. Fueron minutos de enorme tensión en los que cada movimiento debía realizarse con absoluta precisión. Finalmente consiguió salir y el equipo pudo continuar unido. En una montaña como el Mont Blanc, llegar todos juntos al siguiente tramo ya era una pequeña victoria.

La ascensión continuó entre roca, nieve y continuas trepadas hasta aproximarse al refugio de Goûter. Poco antes de alcanzarlo, David Serrano comenzó a sufrir con claridad los efectos del mal de altura. Cada paso requería un enorme esfuerzo y, tras valorar la situación, tomó una de las decisiones más difíciles que puede asumir un montañero: detener la ascensión y permanecer en el refugio para recuperarse. En alta montaña, la valentía no siempre consiste en seguir avanzando; muchas veces consiste en saber cuándo detenerse.

El resto del grupo continuó convencido de que la cima quedaba a unas tres horas de distancia. La realidad sería muy distinta. Tres horas después apenas alcanzaban el refugio Vallot, el último refugio de emergencia situado antes del tramo final.

El cansancio empezaba a hacerse notar en todos. Allí aprovecharon para hidratarse, comer algo, cambiarse de ropa y recuperar fuerzas. Paola tuvo que tumbarse directamente sobre el suelo del refugio, cubriéndose con las viejas mantas disponibles. En aquel momento cualquier minuto de descanso suponía un auténtico regalo. Rubén también se encontraba al límite e incluso había contemplado la posibilidad de regresar desde Vallot si las fuerzas no respondían, incorporándose Paola a la otra cordada para intentar la cima. Javier y Paco aprovecharon para reforzar su ropa de abrigo mientras Manuel mantenía intacto el mismo pensamiento desde el inicio de la expedición: alcanzar la cumbre.

Mientras tanto, el tiempo empeoraba. El viento aumentaba progresivamente y la temperatura descendía con rapidez. Tras colocarse toda la ropa de abrigo, ajustar los crampones y revisar una vez más el material, comenzó el ataque definitivo.

Por delante quedaban interminables pendientes de nieve y hielo, puentes de nieve, grietas abiertas y tramos muy expuestos donde cada respiración costaba más que la anterior. A casi cinco mil metros de altitud el cuerpo ya no responde igual. Cada paso exige un enorme esfuerzo físico y mental. Sin embargo, el grupo continuó avanzando lentamente, sin prisas, manteniendo el ritmo y apoyándose unos en otros.

Poco a poco comenzó a aparecer la amplia cúpula nevada que identifica la cima del Mont Blanc. Tan cercana visualmente y, al mismo tiempo, tan difícil de alcanzar. Finalmente, a las 12:00 horas del 9 de julio de 2026, después de muchas horas de esfuerzo, frío, incertidumbre, compañerismo y superación, el equipo alcanzó la cumbre.

Javier Olmedo Badenes, Francisco José Albertos Marco, Manuel Conejero Peiró, Rubén Pla Requena —presidente del Centro Excursionista de Caudete— y Paola Jorgelina Ozán —presidenta de Outlier Sport, asociación con sede en Suiza— coronaban el Mont Blanc, la montaña culminante de los Alpes, con una altitud oficial de 4.805,59 metros sobre el nivel del mar.

Allí arriba el cansancio desapareció durante unos instantes. El cielo completamente despejado permitía contemplar el horizonte en todas las direcciones y, por unos minutos, solo existieron el silencio, la inmensidad y la emoción de haber cumplido un sueño compartido. Detrás de aquella fotografía en la cima había cientos de horas de preparación, sacrificio, disciplina y confianza mutua.

Porque las montañas nunca se conquistan. Son ellas quienes, cuando uno las afronta con preparación, humildad y respeto, deciden conceder unos minutos en su cumbre.

Esta expedición no solo representa la ascensión al techo de Europa. Representa el valor del trabajo en equipo, la amistad, el compañerismo entre dos entidades deportivas unidas por la misma pasión y la convicción de que las mayores victorias no siempre son las que se alcanzan en la cima, sino todas aquellas que se construyen juntos durante el camino.

Enhorabuena a todo el equipo. El 9 de julio de 2026 quedará para siempre como el día en que este grupo de montañeros escribió una página inolvidable en su historia.

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